miércoles 23 de abril de 2008

El Bulli, nuevamente elegido como "Mejor Restaurante del Mundo"

La revista “Restaurant Magazine” ha publicado, como cada año, la relación de los 50 mejores restaurantes del mundo, que constituyen su famosa “The St. Pellegrino World´s 50 Best Restaurants”. Por tercera vez consecutiva, el restaurante español “El Bulli”, dirigido por Ferrán Adriá, se sitúa en el número 1 y se erige como el mejor restaurante del mundo.

Entre los diez mejores, se sitúa también otros dos españoles, el restaurante Mugaritz, de Andoni Luis Aduriz, ocupa el cuarto puesto, mientras que Arzak se sitúa en el octavo. En total, siete de los cincuenta son españoles, lo que constituye una buena muestra de cuál es el nivel de los cocineros españoles. Los otros cuatro son: El Celler de Can Roca, Martín Berasategui, Can Fabes y el Asador Etxebarri.

El sistema de confección de esta lista, probablemente la más prestigiosa del mundo junto con las famosas estrellas michelín, está a cargo de una Academia que funciona de acuerdo a unas reglas que se explican a continuación. Se divide el mundo en un total de 23 regiones, en cada una de las cuales existe un coordinador y una serie de miembros de la Academia. Por ejemplo, para el área de España y Portugal, el coordinador es Luis María Ansón y hay hasta un total de 31 académicos, normalmente grandes cocineros y críticos gastronómicos. Las reglas son que no hay lista de nominados previos, que cada académico puede votar hasta cinco restaurantes, pero sólo 2 de su área y, por supuesto, nadie puede votarse a sí mismo. Además, deben haber comido en cada restaurante que voten, no debiendo haber transcurrido más de 18 meses. Todo el sistema da lugar a un total de 3.410 votos, a partir de los cuales se elabora la lista.

domingo 20 de abril de 2008

La esferificación: una aportación natural de las algas a la cocina moderna

En el post de la receta de los falsos huevos “caprese” hacía referencia a la adaptación de la esferificación directa a la inversa. Alguien podría pensar que esta utilización de “productos químicos” puede ser nocivo para la salud y poco adecuado para la cocina. Quizás sea por lo tanto conveniente aclarar algo sobre las bases de estas nuevas técnicas, que se fundamentan en el empleo de productos derivados de algas y, por lo tanto, de origen natural.

La esferificación es una técnica creada por Ferrán Adriá y su equipo de El Bulli en la que, aprovechando las características gelificantes de una sal (alginato sódico), se produce una bolsa o esferas debido a su actividad química en presencia de sales de calcio. Por lo tanto, a partir de una cantidad pequeña de un producto que cumpla unas determinadas condiciones, puede generarse una membrana comestible que lo encierra completamente, constituyendo unas “esferas” capaces de mantener íntegramente en paladar el sabor original de los productos empleados. Es más, la membrana puede tener un sabor diferente del contenido interior, lo que abre las posibilidades al consiguiente maridaje de sabores.

El alginato es una sal polisacárida que se obtiene de algunas algas como la Laminaria hyperborea, que crece en las proximidades de Noruega o como la Laminaria digitata, propia de nuestro más próximo Mar Cantábrico. Su contenido en alginato es generalmente superior al 20% y su nombre se debe al químico inglés E.C. Stanford, que lo descubrió al observar que al desecar algunas algas tras un proceso de digestión con carbonato sódico, se generaba una masa gelatinosa parecida a la que se obtenía con la goma tragacanto. Denominó al nuevo producto como “algin” (proveniente de las algas).

Desde entonces, el alginato se utiliza con normalidad en la industria alimentaria. Las denominaciones E-400, E-401, E-402, E-403, E-404 y E-405 que podemos observar con mucha frecuencia (véase cualquier lata de aceitunas rellenas) se corresponden a diferentes derivados del ácido algínico.

En principio, las sales de alginato están formadas por dos tipos de monosacáridos, ambos procedentes de grupos ácidos: el ácido manurónico, con estructura prácticamente lineal y plana y el ácido gulurónico, cuya estructura presenta entrantes y salientes dando lugar a una estructura característica (línea quebrada formada por sucesivas formas de U que se van alternando en su orientación en el plano sucesivamente) denominada “estructura en forma de caja de huevos”. La siguiente figura, de la web http://milksci.unizar.es/bioquimica/temas/azucares/alginato.html refleja dicha estructura:

Las zonas que presentan ácido gulurónico son las responsables de la unión entre las capas de alginato, mientras que las de manurónico son las que se ocupan preferentemente de la interacción con el agua.


En presencia de sales de calcio, las cadenas de alginato se estructuran en una forma “multicapa” tipo sándwich, en función de la cantidad de calcio que sea accesible al alginato, dando entonces más rigidez al gel.

El alginato sódico es la sal del ácido algínico más estable, por lo que es la que se emplea en la esferificación. En disolución acuosa, se trata de un producto estable para pH comprendidos entre 5,5 y 10.

El primer intento de aplicación de los alginatos en la cocina moderna la planteó Ferrán Adriá en una técnica que se llamó “Esferificación directa”. El alginato sódico se incorporaba al producto que iba a ser incluido en la esfera, siendo objeto de un posterior proceso de “cocción” en un baño de cloruro cálcico.

El procedimiento anterior, realmente innovador, conllevaba un único inconveniente. Al estar los alginatos incorporados al producto interior de la esfera, un breve período de inmersión en una cloruro cálcico aportaba los suficientes iones de calcio para que éstos pudieran difundirse casi ilimitadamente con el transcurso del tiempo en el interior de las esferas, provocando la continuación ilimitada del proceso de gelificación al reaccionar con el alginato presente en el líquido interior, con lo que los caviares y esferas iniciales se transformaban inevitablemente con el tiempo en una esepcie de gominolas totalmente gelificadas.

Para evitar el anterior proceso, el equipo de El Bulli desarrolló la técnica de esferificación inversa que, básicamente, consiste en apoyarse en la misma técnica pero alternando el papel del alginato y de la sal cálcica. En efecto, en este caso el alginato se disuelve para preparar un baño donde luego que se sumerge un producto que contiene iones de calcio. Ello hace que el aporte de alginato sea limitado al tiempo en el que el producto está sumergido, por lo que el proceso de gelificación se puede controlar en fucnión de la duración de dicho período de inmersión. En consecuencia, según se prolongue así el tiempo de "cocción por inmersión en el alginato", puede controlarse el espesor de las paredes de las esferas, cuya gelificación se paraliza al extraer la esfera del baño.
La concentración de alginato que se suele emplear, tanto para esferificación directa como inversa, es alrededor del 0,5% en masa. La estabilidad de la disolución de alginato sódico se produce en pH comprendidos entre 5 y 10. Para valores más bajos de pH, será necesario recurrir previamente a productos que corrijan el pH como, por ejemplo, el citrato sódico.

martes 15 de abril de 2008

Cocina con lógica: un buen libro de Jordi Cruz


Empiezo con este post una serie de comentarios sobre libros de cocina dedicados a técnicas o recetas que me parecen interesantes.

He elegido uno como primera experiencia que sintetiza bastante el espíritu de este blog: la síntesis del conocimiento de las técnicas de cocina, la incorporación de las nuevas "tendencias" y la aplicación a recetas concretas que permiten poner en práctica dichas técnicas y tendencias. Por otra parte, ya me he referido a él en alguno de los posts anteriores.
Sin duda, este libro constituye un ejemplo de la nueva cocina española, pero desde una perspectiva eminentemente didáctica, válida tanto para futuros profesionales de la cocina como para los "amateurs" como yo.

El autor, un joven cocinero del restaurante Estany Clar, ela localidad de Berga (Barcelona) dice en el prólogo que
"Mi manera de entender la cocina es sencilla, todo tiene su lógica y requiere sólo de nuestro cariño y nuestro ímpetu para saber más."
Creo que esta todo dicho.

La obra se organiza en 27 capítulos, con casi setenta recetas. Algunos de los capítulos obedecn a títulos tan sugerentes como los siguientes:
  • "Ampliando la técnica del aire"
  • Cocinando al vapor con aromas añadidos
  • Los jugos clarificados
  • Aplicación lógica de espumas para introducir sabor o maridaje
  • La cocina de concepto basada en la técnica
  • La cocina de concepto basada en el producto
  • Cociones básicas de carne
  • Aplicación de la baja temperatura
  • Los postres cuajados, los cuajos, gelificantes y espesantes
Las explicaciones teóricas de las diferentes técnicas se complementan con un buen número de recetas de cocina creativa, bien definidas y explicadas.
El precio es algo caro para no profesionales, pero su utilidad es alta para aquéllos que buscan profundizar en las técnicas, descubriendo un poco del más allá de la cocina creativa y las técnicas modernas.

domingo 13 de abril de 2008

Brocheta de gambón al aroma de romero con puré judías y quenelle de patata confitada



Este fin de semana he puesto en práctica una nueva receta, no demasiado complicada y exquisita: brocheta de gambón al aroma de romero con pure de judías verdes y quenelle de patata confitada. Se trata de una adaptación de otra de Jordi Cruz en su libro “Cocina con lógica”.

Ingredientes para cuatro personas:

Caldo de verduras
3 l de agua
1 cebolla
1 ajo
300 g de judías verdes
1 puerro
2 patatas medianas


Puré de judias verdes:
1,5 l de caldo de verdura
500 g de judías verdes
3 cebolletas
2 patatas de la cocción del caldo
1 dl de aceite de oliva
sal
pimenta blanca

Gambón a la esencia de romero:
4 gambones grandes
mantequilla
romero
agua

Quenelle de patata confitada:
2 patatas medianas
2c/s aceite
perejil

Se comienza preparando el caldo de verdura, para lo que pelamos todas las verduras y las ponemos a cocer a fuego medio todas ellas en agua. Se cuece durante al menos dos horas y se deja infusionando al menos otras ocho horas. Se cuela en un colador metálico sin apretar demasiado las verduras cocidas, se recoge el caldo y se reserva.

Para el pure de judías, se pochan en una cazuela con un poco de aceite las cebolletas cortadas en brunoise. Cuando hayan soltado su agua, se añade las judías verdes crudas y se añade el caldo de verdura, dejando que cueza a fuego lento todo, al menos, diez minutos. Se saca del fuego y se utiliza un colador para separar las verduras del caldo. Cuando se enfríen se deposita toda la verdura en una Thermomix junto con el caldo, el aceite, sal y pimienta blanca. Se tritura muy bien hasta forma un puré muy fino. Se reserva.

En una sartén, se funde una cuchara de mantequilla. Se pelan los gambones, se eliminan sus cabezas y se los coloca en forma de cuatro brochetas. Cuando la mantequilla esté caliente, se asan ligeramente a fuego medio-alto las brochetas en la sartén. Se sacan y se reservan.

Se limpian las patatas y se envuelven en un papel de aluminio de cocina tras echarles sal y un poco de mantequilla. Se colocan en un horno a 175ºC y se dejan, como mínimo una hora, hasta que están suficientemente hechas, lo que se comprueba clavando un cuchillo o un tenedor. Una vez que estén hechas, se pelan y se machacan en un bol junto con el aceite y el perejil. Se hace una masa homogenea.

Antes de emplatar, se coloca una cazuela con agua y romero en rama hirviendo. Se coloca encima un colador con las brochetas de gambón,al menos tres minutos, para que recuperen la temperatura y se impregnen de la esencia de romero.

Para emplatar, se coloca una quenelle hecha con dos cucharas de patata confitada y se coloca la brocheta. Finalmente se sirve el puré de judías en la mesa, tras calentarlo en el microondas hasta 90ºC y se decora con gotas de aceite de oliva virgen.

La foto muestra el aspecto general del plato.

lunes 7 de abril de 2008

Huevos cocidos a bajas temperaturas

En el video del post sobre mahonesas que puse hace unos días, aparecía una imagen de un huevo con una textura muy particular, cuya obtención era consecuencia de los trabajos del químico francés Hervé This. Esto me animó a profundizar algo más sobre el proceso de cocción de un huevo. En cierto modo, el post sobre las mahonesas ya fue una primera aproximación a este mundo fascinante, desde el punto de vista cientifico-gastronómico.

En efecto, algo tan aparentemente familiar como un huevo resulta ser un complejo molecular cuyos procesos de cocción merecen un poco de atención. Sin duda, todos hemos vivido alguna vez la experiencia de cocer un huevo sumergiéndolo, más o menos diez minutos, en agua hirviendo. El resultado es más o menos decepcionante según el nivel de exigencia del comensal. Un breve resumen nos llevaría a reconocer que la clara se ha convertido en una masa algo dura y hasta “gomosa” que rodea una yema totalmente coagulada y, en ocasiones, algo seca y harinosa. Para mayor abundamiento, un ligero olor a azufre (“a huevos cocidos…”) puede acompañar a este proceso, a la vez que una aureola verdosa surge en la parte más externa de las yemas. En definitiva, como para recapacitar…

Todos sabemos que un huevo está constituido, básicamente, por una clara y una yema. Sin embargo, podemos avanzar un poco más si aclaramos que la clara está compuesta por agua en casi un 90% y el resto fundamentalmente por proteínas (albúminas) que se organizan en largas cadenas moleculares que están inicialmente enrolladas sobre sí mismas. Además, dichas cadenas están rodeadas de una capa de agua que las polariza cargándolas eléctricamente, de manera que se repelen entre sí, manteniéndolas separadas y provocando la movilidad típica de las claras.

Por su parte, las yemas están compuestas originalmente por, aproximadamente la mitad (50%) de agua, un tercio (33%) de grasa y el resto son proteínas (entre las que se encuentra la lecitina, que se emplea como emulsionante en muchas ocasiones).

Cuando un huevo se pone en contacto con una fuente de calor y aumenta su temperatura, empiezan a desencadenarse una serie de procesos que afectan a su clara y a su yema, que son realmente interesantes. En primer lugar, hay que saber que la clara empieza a coagular a los 62ºC y la yema a los 68ºC. Por lo tanto, si se desea una clara bien cocida con una yema fresca, es posible recurrir a una cocción a una temperatura intermedia (por ejemplo, a 65ºC), si bien es cierto que será necesario mantenerla un tiempo muy superior a los consabidos diez minutos. Un período de unos 40 ó 45 minutos podrían ser adecuados en este caso.

A los 62ºC se inicia un proceso en la clara por la que se pierde la polarización de las moléculas de proteínas. Como consecuencia de ello, se desenrollan éstas y se liberan las partículas de agua que, además, aumentan su movimiento como consecuencia de la mayor energía del sistema. Un efecto equivalente se produce también como consecuencia de la presencia de sal o de ácidos (como, por ejemplo, el vinagre). Una vez desenrolladas, las cadenas de proteínas se unen entre sí constituyendo una red de moléculas que ya no están aisladas entre sí sino interconectadas, por lo que la clara comienza a gelificar. Ello provoca que se pierda la típica transparencia de la clara, ganando opacidad en la misma, lo que es característico de su coagulación.

A medida que aumenta la temperatura del huevo, aumenta también la pérdida de agua procedente de la clara, lo que resta elasticidad y provoca un incremento de la rigidez, provocando que la clara sea cada vez más dura y “gomosa”.

En función de la temperatura a la que está sometido el huevo, se alterará la dinámica de los proceso de coagulación en la clara y en la yema. Para temperaturas en el entorno de los 85ºC, el proceso puede considerarse simultáneo.

A veces, cuando la cocción se produce a temperaturas más elevadas, por ebullición a 100ºC, la coagulación de las moléculas de proteínas de la yema conlleva la generación de partículas más pequeñas, entre las que se encuentran el sulfuro de hidrógeno (H2S), que origina un desagradable olor a “huevos cocidos”.

En definitiva, un huevo perfectamente cocido sería aquél que permitiera la coagulación de la clara con una ligera cocción de la yema. Un proceso a unos 69ºC durante una hora permitiría este pequeño “milagro gastronómico”. Para conseguirlo, los grandes restaurantes utilizan un baño termostático denominado “Roner”.


video


En una cocina doméstica, el control de la temperatura puede lograrse utilizando una Thermomix. Para comprobar la eficacia de este sistema “semidoméstico”, es necesario un control continuo de la temperatura del agua, mediante un termómetro digital específico.

En el video, puede observarse la textura de la yema del huevo obtenido tras una cocción de 60 minutos a 68ºC en una Thermomix.

Aprendiendo de los libros


Aunque la innovación debe ser un principio básico de la cocina y en ese sentido siempre procuro buscar nuevas adaptaciones de las recetas que me encuentro en los libros, éstos son (como en el resto de las disciplinas) una fuente básica de conocimiento.


Recientemente, el diario "El País" distribuye una colección de "Cocina con firma" que, en mi opinión, es muy interesante y permite una introducción fácil en la cocina creativa.


Este fin de semana no he podido evitar investigar sobre una de las recetas del primer libro de Joan Roca, del Celler de Can Roca , que se publicó el miércoles pasado, día 2 de abril. Concretamente, he hecho la de anchoas con gelatina de manzana, tomate y helado de aceite. Sencillamente genial y muy asequible para aficionados como yo. La imagen recoge la foto de la "creación" que, además, tuvo mucho éxito entre los que tuvieron la oportunidad de degustarlo.

video

Especialmente interesante en esta receta me ha parecido la textura del helado de aceite, tras un primer período de congelación durante ocho horas a -18ºC y una segunda fase de cuatro horas a 5ºC. Creo que el video permite apreciar bien su textura y color.

martes 1 de abril de 2008

Falsos huevos "caprese"

La primera receta de este Blog es una adaptación de la ensalada caprese texturizada de Astrid, del Blog de La Loca Cocina (http://lalocacocina.blogspot.com).

En mi opinión, la tecnica de esferificación directa que emplea la receta original puede tener el inconveniente de que la cocción no se paraliza, por lo que los esféricos puede densificarse en exceso si pasa algo de tiempo desde que los sacas del baño de cloruro cálcico hasta que los emplatas. Por ello, yo he modificado un poco la receta para adaptarla a la técnica de esferificacion inversa que no tiene, en principio, ese problema y no tienes limitación de plazo para emplatar.

Yo hice la receta con queso feta, en lugar de mozzarella y garantizo que quedó excelente. Si cortas la gelatina de queso feta con un cortamoldes circular, queda lo que yo he denominado como falsos huevos "caprese", ya que la apariencia es enteramente la de un huevo de codorniz cocinado. El pequeño toque de aceite que queda procedente del baño en el que se conservan los esféricos colabora a crear esta sensación. Un poco de sal maldon por encima culmina la obra.

Ingredientes para 4 personas:

Para las claras de los falsos huevos
200 g de queso feta
2 c/s leche
2 hojas de gelatina
1,4 g de agar

Para las yemas de los falsos huevos
4 tomates raf de primera calidad en un buen punto de maduración
3,75 g de gluconolactato cálcico
0,60 g de goma xantana
500 g agua
2,5 g de alginato sódico
12 piñones
Aceite de oliva virgen

Para emplatado
Albahaca
Pimienta negra recién molida
Sal maldon


Procedimiento:

Mezclar el agua con el alginato y batir bien, preferiblemente a baja velocidad para no generar muchas burbujas de aire. Reservar al menos 4 horas.
Hacer dos cortes perpendiculares en la base de los tomates y blanquearlos.
Eliminar la piel de los tomates y cortarlos en trozos, depositándolos en un colador metálico, desmenuzar la pulpa de tomate cuidando de recoger el máximo del agua del tomate en un recipiente situado debajo del colador. Dejar que el tomate destile el máximo de agua. Si no hubiera suficiente agua y se acepta renunciar algo a la transparencia de la yema, exprimir con las manos la pulpa de el tomate al objeto de aumentar los líquidos recogidos.
Mezclar con la batidora 150 g de agua de tomate con el gluconolactato primero y luego con la goma xantana. Reservar el máximo tiempo posible para facilitar la eliminación de las burbujas de aire.

Deshacer el queso feta con las manos en pequeños trozos y depositarlos en el vaso de la batidora. Añadir la leche. Batir bien hasta formar una masa con la textura de una mahonesa.
Hidratar las hojas de gelatina en un recipiente con agua
Verter la masa en una cazuela y calentar ligeramente. Añadir el agar y llevar a ebullición. Sacar del fuego. Dejar que disminuya un poco la temperatura. Añadir las hojas de gelatina previamente hidratadas. Remover bien para conseguir su completa disolución.
Verter en una bandeja, formando una capa de espesor no mayor de 5 mm.
Cubrir la bandeja con un film transparente de cocina e introducir en el frigorífico, reservándolo hasta su uso.

Rellenar una cuchara semiesférica de 5 ml con la mezcla de agua de tomate, gluco y xantana. Depositar 3 piñones en el interior de la mezcla.
Acercar la cuchara a la superficie de la mezcla de agua y alginato y volcarla en el mismo, procurando que forme una ampolla lo más esférica posible. Si queda flotando, mojar la cara superior de la ampolla de tomate con ayuda de una cuchara perforada. Dejar “cocer” durante al menos 1 minuto.
Sacar la esferificación y lavarla en un recipiente con agua.
Una vez lavada, secar el exceso de agua colocando un papel absorbente de cocina debajo de la cuchara perforada. Conservar en un baño de aceite de oliva hasta su uso

Emplatado

Cortar con una cortapastas circular la falsa clara de gelatina de queso. Colocarla en el plato y depositar encima el esférico.
Espolvorear la albahaca, pimienta y cristales de sal maldon sobre la “falsa yema”.

Debe comerse todo el falso huevo de una sola vez, con una cuchara.